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¿Qué son las terapias de conversión?

La práctica generalizada e impune de las mal llamadas “terapias de conversión” se ha convertido en una de las mayores preocupaciones del activismo LGTBI. Pero, ¿qué son realmente las «terapias de conversión»? ¿Por qué son una cuestión relevante para los derechos humanos? En este artículo, que publicaremos a lo largo de dos partes, respondemos a estas cuestiones.

El pasado julio, el Experto Independiente de Naciones Unidas sobre Orientación Sexual e Identidad de Género (‘IE SOGI’, en inglés) publicó el primer informe oficial sobre estas prácticas. Tras más de seis meses de investigación, concluyó que se llevan a cabo “en todos los rincones del mundo”, recalcando el desinterés de muchos Estados en acabar con ellas.

En este sentido, organizaciones como el Consejo Internacional para la Rehabilitación de las Víctimas de la Tortura y Outright Action International han elaborado informes que confirman lo extendidas que están estas prácticas: se estima que tienen lugar en más de ochenta Estados del mundo.

¿Qué son las “terapias de conversión”?

En este artículo emplearemos el término “terapias de conversión” por ser el que tiene un mayor uso. Sin embargo, conviene destacar que es preferible referirse a estas prácticas como Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual e Identidad o Expresión de Género (ECOSIEG). Se evita así darles un respaldo médico del que carecen a pesar de denominarse «terapias».

Podríamos definir las terapias de conversión como una amalgama de prácticas que persiguen modificar la orientación sexual o la identidad y/o expresión de género de las víctimas para “acomodarlas” a los cánones cisheteronormativos. En palabras del Experto Independiente:

[T]odas las “terapias de conversión” comparten la premisa de que la orientación sexual y la identidad de género pueden ser extirpadas —expulsadas, curadas o rehabilitadas—, como si fueran algo ajeno a la persona, lo que constituye una visión sumamente inhumana de la existencia humana.

informe del iesogi sobre terapias de conversión, §64.

¿En qué consisten las “terapias de conversión”?

Las «terapias de conversión» adoptan muchas formas diferentes. El informe del Experto Independiente las clasifica en tres grupos: médicas, psicoterapéuticas o religiosas.

– Médicas:

Se basan en la idea de que las identidades LGTBI derivan de una disfunción biológica para la que hay tratamiento. Este enfoque está íntimamente ligado a la patologización y medicalización de las personas LGTBI. Una visión que todavía persiste, a pesar de los avances que se han producido en las últimas décadas.

Aun hoy, en países como Filipinas, Malasia, Indonesia, Túnez o Dominica, asociaciones médicas y autoridades todavía consideran oficialmente como enfermedades “homosexualidad, bisexualidad y transexualismo”. Además, con mucha frecuencia patrocinan abiertamente programas de conversión.

La personas trans se hallan especialmente expuestas a ser víctimas de estas «terapias de conversión». Su identidad es patologizada y sometida a diagnósticos médicos. Diversos estudios elaborados en Reino Unido, EEUU o China coinciden en que las personas trans tienen el doble de probabilidades de ser forzadas a estas prácticas.

Los ECOSIEG médicos incluyen el uso de medicamentos, la práctica de exámenes médicos forzosos –principalmente anales o genitales– o la administración de tratamientos hormonales. Finalmente, en países como India o Sri Lanka, son habituales los métodos ayurvédicos, homeopáticos o la medicina tradicional.

– Psicoterapéuticas

Se basan en la idea de que la diversidad sexual y de género es producto de experiencias traumáticas, estructuras familiares inestables o una educación anormal. Combinan técnicas de autoayuda, ejercicios del habla, técnicas centradas en la asertividad, entrenamientos para “saber ligar”, hipnosis, aparatos de estimulación visual o auditiva, reacondicionamiento masturbatorio, sesiones de sexo con personas del género opuesto o terapias cognitivo-conductuales –como el EMDR–.

Son también frecuentes las sesiones interpersonales y psicodinámicas, así como múltiples tipos de terapias aversivas. Por ejemplo, combinando estímulos eróticos con sesiones de electroshock, drogas para generar vómitos o convulsiones, quemaduras por frío o calor o exposición a productos tóxicos –como el amoníaco–.

Habitualmente forman parte de procesos de larga duración. Se desarrollan en instalaciones donde se retiene a las víctimas, se las alimenta forzadamente o se las priva de comida, se las aísla durante largos períodos de tiempo y se las somete a humillaciones, violencia verbal, física y sexual, incluyendo las llamadas violaciones “correctivas”.

– Religiosas

Su premisa es que hay algo inherentemente maligno y moralmente reprobable en la diversidad sexual y de género. Recalcan así lo negativo de la propia identidad.

Aunque puedan parecer menos cruentas que las anteriores, las técnicas que se emplean tienen unas consecuencias físicas y psicológicas de igual magnitud. Entre otras, incluyen la abstinencia sexual de por vida, sesiones de rezo continuo durante horas, golpes y otros tipos de violencia física durante la oración, privación de libertad y de alimentos dentro de la comunidad religiosa, humillaciones públicas e insultos, práctica de exorcismos y rituales para expulsar el mal, suministro de “preparados sanadores” y aplicación de ungüentos en los genitales.

Además, emplean otras técnicas abusivas e intrusivas como la desnudez forzada en sesiones individuales o en grupo, el “reparenting” –yacer en posición fetal, abrazando el perpetrador a la víctima– o la terapia de contacto –abrazos, caricias…–. También técnicas bioenergéticas, consistentes en repetir automáticamente determinadas acciones como dar golpes mientras se grita, insulta o se repiten mantras para “liberar recuerdos y energía almacenada en el cuerpo”.

¿Cómo se legitiman los promotores de las supuestas terapias de conversión?

En la práctica, los diferentes abusos que se cometen en cada uno de estos enfoques suelen solaparse y complementarse. Los perpetradores se apoyan en múltiples argumentos que mezclan lo moral –desvalorando la diversidad sexual y de género–, lo pseudocientífico –apoyándose en estudios sesgados que ubican las diversidad en traumas y validan la eficacia de los ECOSIEG­– y, últimamente, lo legal –acudiendo a los derechos del paciente y la supuesta libertad de someterse por un tratamiento determinado.-

Desde inicios de los 2000, los proveedores de “terapias”, conscientes del progresivo aumento de control por las autoridades públicas y sociedad civil, se han rediseñado. Han dejado de centrar su discurso en la “conversión” para defender su labor como guía y apoyo a personas con “orientación sexual, identidad y/o expresión de género no deseadas” en el proceso de “recuperar” sus identidades deseadas. Muchas veces se enmarcan dentro de profesiones no reguladas como el counselling o el coaching.

Ello los convierte en un blanco móvil muy peligroso. Los proveedores renombran sus servicios, modifican sus estrategias de comunicación y adaptan su mensaje a un discurso centrado en la “libertad individual”. Así dificultan que se identifiquen, investiguen y enjuicien estas prácticas.

¿Cuál es el perfil de los perpetradores y las víctimas de las “terapias de conversión”?

Portada de Boy erased (identidad borrada), autobiografía de una víctima de «terapias de conversión». Fuente: Dos Bigotes.

No hay un perfil único de promotor o de perpetrador. Pueden ser profesionales médicos y de la salud mental, autoridades religiosas, padres, curanderos, instituciones de rehabilitación o campamentos, otras autoridades estatales o autoridades escolares. En este contexto, conviene tener en cuenta que casi el 70% de las víctimas fueron coaccionadas por terceros.

Por otro lado, las autoridades de varios Estados promueven activamente las “terapias de conversión” aplicándolas a quienes cometen “sodomía” o “atentados contra la moral pública”. Así está previsto en Dominica, en Malasia o en la nueva reforma penal de Guinea Ecuatorial. También en territorios como la región indonesia de Java Occidental.

Por si fuera poco, la mayoría de las víctimas son sometidas a “terapia” antes de haber cumplido la mayoría de edad. El Williams Institute estima que, a 2019, 698.000 adultos estadounidenses habrían sido víctimas de “terapias de conversión”; 350.000, durante la adolescencia. Con frecuencia, las víctimas tienen bajos ingresos familiares, pertenecen a una minoría étnico-racial o provienen de entornos religiosos.

¿Qué efectos y consecuencias tienen las terapias de conversión?

En 2009, la Asociación Americana de Psicólogos (APA) publicó un informe en el que revisaba sistemáticamente los estudios en la materia. En él, concluía que es poco probable que se pueda reducir la atracción sexual hacia el mismo género o aumentarla hacia el opuesto, a través de la práctica de “terapias de conversión”. Esta conclusión está respaldada por más de 80 asociaciones profesionales. Posteriormente, en 2013, la APA reiteró que no existe ninguna prueba sólida de que una intervención psicológica pueda modificar la orientación sexual de forma segura y confiable.

Publicaciones más recientes confirman las conclusiones de la APA, reafirmando la nula eficacia demostrada de estas prácticas. De un lado, señalan que incluso las “terapias no aversivas” producen graves daños, y que no existe ninguna evidencia científica de que las “terapias de conversión” aplicadas en la infancia permitan condicionar la orientación sexual y/o la identidad o expresión de género adultas. De hecho, las pocas investigaciones que legitiman las “terapias de conversión” están gravemente sesgadas. Sus potenciales efectos positivos –por ejemplo, que los participantes sienten un mayor apoyo de sus círculos o menos estrés– pueden obtenerse con enfoques afirmativos que no busquen modificar la identidad de las personas LGTBI.

Del otro, también se revalida la segunda conclusión de la APA: las “terapias de conversión” suponen un grave riesgo para los pacientes. Entre sus efectos se incluyen depresión, culpa, impotencia, falta de esperanza, vergüenza, retraimiento social, abuso de sustancias, estrés, decepción, autoculpabilidad, disminución de la autoestima, aumento del autoodio, hostilidad y culpa hacia los padres, sentimientos de ira y traición, pérdida de amigos y potenciales parejas románticas, problemas en la intimidad sexual y emocional, disfunción sexual, conductas sexuales de alto riesgo, sentimiento de deshumanización y de falsedad hacia uno mismo, pérdida de fe y una sensación de haber perdido tiempo y recursos económicos.

Junto a estas secuelas, las “terapias de conversión” están muy vinculadas al suicidio. Son el mayor factor predictivo de tentativas de suicidio múltiples, aumentando en un 200% la probabilidad de que las víctimas atenten contra su propia vida. Además, llevan aparejados una menor satisfacción vital, falta de apoyo social, estatus socioeconómico más bajo y un refuerzo de la homofobia interiorizada.

En suma, las terapias de conversión son extremadamente peligrosas, absolutamente ineficaces y llevan aparejadas daños irreversibles. Es necesario no sólo prohibirlas, sino también criminalizarlas y articular un sistema de recursos públicos para la protección de las víctimas. La futura ley LGTBI estatal ha de incluir avances en esta dirección.

En la segunda parte de este artículo, que se publicará proximamente, el autor explicará por qué las terapias de conversión son, además, una vulneración de los derechos humanos. Mientras tanto, no dudes en dejar un comentario más abajo con cualquier opinión, duda o sugerencia sobre esta cuestión.

No dudes tampoco en contactar con la Asociación Española Contra las Terapias de Conversión si lo necesitas.

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Por Saúl Castro Fernández

Él. Soy Saúl Castro Fernández, gallego y del ‘94. Estudié Derecho y Ciencias Políticas principalmente en la Universidad Autónoma de Madrid, aunque hice dos años en el extranjero en la University College London, en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la University of Sydney. Actualmente trabajo como abogado de derechos humanos, derecho penal internacional y derechos LGTBI en The Guernica Centre for International Justice y en Women’s Link. También soy miembro del Equipo de Diversidad de Amnistía Internacional. A finales de 2020 fundé la Asociación Española contra las Terapias de Conversión para perseguirlas e investigarlas en España.

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